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Liminalidad cinematográfica: hacia un marco integrador para la experiencia del paciente en urgencias
Quien haya pasado alguna vez por un servicio de urgencias hospitalarias —ya sea a consecuencia de un accidente, por un dolor intenso o ante una complicación médica inesperada— probablemente reconozca una sensación tan incómoda como difícil de explicar: el cuerpo permanece allí, tendido sobre una camilla, mientras la mente parece contemplar la escena desde cierta distancia, como si uno se hubiera convertido en espectador de su propia vida. El tiempo deja de comportarse de manera normal: a veces parece detenerse y otras transcurre con una rapidez difícil de seguir. Mientras tanto, las decisiones importantes se toman alrededor del paciente y, en muchas ocasiones, este apenas participa en ellas. Esta experiencia, frecuente pero poco descrita en términos cotidianos, constituye el punto de partida de un ensayo reciente que destaca tanto por su ambición integradora como por la honestidad con la que reconoce sus propias limitaciones.
El trabajo lleva por título Liminalidad cinematográfica: hacia un marco integrador para la experiencia del paciente en urgencias. Su propuesta central parte de una idea sencilla pero sugerente: esa combinación de extrañamiento, pasividad, sensación de irrealidad y alteración de la percepción temporal no debería entenderse como un conjunto de sensaciones aisladas. Podría tratarse, más bien, de una experiencia estructurada que la literatura científica ha estudiado desde diferentes perspectivas, aunque sin llegar a integrarlas bajo un mismo marco conceptual.
El autor parte de una experiencia personal —él mismo ha vivido ese tránsito por urgencias— y plantea una pregunta de fondo: ¿dispone la ciencia de herramientas capaces de explicar de manera conjunta una experiencia que millones de personas atraviesan cada año? Su respuesta es afirmativa, aunque con un matiz importante. Las herramientas existen, pero se encuentran repartidas entre disciplinas que rara vez dialogan entre sí. La psiquiatría del trauma, la antropología médica, la sociología de las instituciones sanitarias y las investigaciones más recientes en enfermería han estudiado diferentes dimensiones del fenómeno. Cada una ha trazado una parte del mapa, pero el mapa completo todavía está por dibujar.
El ensayo organiza esta propuesta alrededor de cuatro componentes principales.
El primero es la disociación peritraumática, un fenómeno neuropsicológico ampliamente estudiado que puede aparecer en situaciones de estrés extremo. En determinadas circunstancias, la persona puede experimentar una especie de desconexión temporal respecto de su propio cuerpo y de lo que está sucediendo a su alrededor. De ahí pueden surgir sensaciones de irrealidad, distanciamiento o de estar observando los acontecimientos desde fuera. Según los estudios revisados en el ensayo, algunos procedentes de décadas atrás y otros más recientes, una proporción relevante de los pacientes atendidos en urgencias experimenta síntomas disociativos, y la alteración de la percepción del tiempo aparece como uno de los elementos más frecuentes.
El segundo componente es la liminalidad, un concepto procedente de la antropología y vinculado originalmente a los llamados ritos de paso. La liminalidad describe un estado intermedio: la persona ha dejado atrás una situación anterior, pero todavía no ha alcanzado una nueva posición estable. Trasladado al contexto hospitalario, este concepto permite comprender por qué un paciente puede sentirse suspendido entre la identidad que tenía antes de entrar en urgencias y un futuro cuyo desenlace todavía desconoce. Ya no se encuentra completamente en su vida cotidiana, pero tampoco sabe todavía qué consecuencias tendrá aquello que está viviendo. No resulta extraño, por tanto, que diferentes investigaciones cualitativas hayan recurrido a este concepto para interpretar la experiencia de pacientes traumatológicos y de otras personas sometidas a procesos médicos intensos.
El tercer elemento es el componente institucional. La estructura misma del sistema sanitario puede generar una pérdida temporal de autonomía y de capacidad de decisión. El paciente pasa a ocupar el denominado “rol de enfermo”, descrito por Talcott Parsons, mientras que la noción foucaultiana de la “mirada clínica” ayuda a entender cómo el cuerpo puede convertirse, dentro del dispositivo médico, en un conjunto de signos, síntomas y datos susceptibles de ser observados y clasificados. En este contexto, la persona puede sentir que su propia experiencia queda relegada frente a la información clínica que proporciona su cuerpo.
El cuarto componente es el existencial. Una visita inesperada a urgencias puede enfrentar de manera brusca al individuo con cuestiones que normalmente permanecen en segundo plano: la vulnerabilidad, la fragilidad del cuerpo, la posibilidad de perder el control e incluso la propia mortalidad. Todo ello sucede, además, dentro de un entorno altamente técnico en el que la prioridad suele ser intervenir con rapidez y eficacia. Esa lógica resulta imprescindible desde el punto de vista asistencial, pero puede dejar en un segundo plano la dimensión emocional y subjetiva de lo que está viviendo el paciente.
A partir de la combinación de estos cuatro elementos, el autor propone el concepto de “liminalidad cinematográfica” para describir la experiencia en su conjunto. La expresión intenta unir dos dimensiones: por un lado, la liminalidad, entendida como ese tránsito entre una situación vital conocida y otra todavía incierta; por otro, la fenomenología disociativa y la sensación de distancia visual que puede acompañar al proceso, como si la persona estuviera contemplando una película protagonizada por ella misma.
El propio ensayo reconoce que se trata de una metáfora y propone incluso una formulación más técnica para quienes prefieran prescindir de cualquier componente figurativo: “experiencia liminal de desrealización en un entorno institucional medicalizado”. Más allá del nombre elegido, la apuesta fundamental consiste en defender la necesidad de disponer de un vocabulario común que permita a pacientes, profesionales sanitarios e investigadores hablar de una experiencia que, hasta ahora, ha sido descrita desde perspectivas demasiado fragmentadas.
Precisamente uno de los aspectos más interesantes del ensayo es la claridad con la que expone sus propias limitaciones. El autor no es médico, psicólogo ni profesional de la enfermería, sino ingeniero. Su aportación consiste en revisar literatura procedente de diferentes campos y tratar de establecer conexiones entre ellos. Y lejos de ocultar esa condición, la sitúa en el centro de su argumentación. Reconoce que su revisión no es sistemática, que la propuesta no ha sido todavía validada por especialistas y que existe el riesgo de que el concepto de “liminalidad cinematográfica” sea, en última instancia, una construcción retórica atractiva pero carente de suficiente capacidad explicativa.
Esta transparencia, lejos de debilitar necesariamente la propuesta, puede considerarse uno de sus valores. El ensayo no presenta su concepto como una teoría consolidada ni como una conclusión definitiva, sino como una hipótesis y un punto de partida. En un ámbito académico en el que con frecuencia las propuestas buscan presentarse con una apariencia de certeza, reconocer abiertamente aquello que todavía no se sabe puede resultar especialmente valioso.
El trabajo concluye planteando una agenda para futuras investigaciones. Entre las posibilidades más interesantes se encuentran las entrevistas fenomenológicas con pacientes una vez que han recibido el alta, con el objetivo de comprobar si el marco propuesto permite identificar experiencias realmente compartidas o si, por el contrario, se trata de una combinación demasiado forzada de conceptos procedentes de disciplinas diferentes.
Por el momento, el ensayo no aporta nuevos datos empíricos. Su contribución es de otra naturaleza: formular una pregunta que quizá merezca ser estudiada con mayor profundidad. ¿Cómo describen los propios pacientes su experiencia de la realidad, de su identidad, del paso del tiempo y de su capacidad de decisión durante una estancia en urgencias?
En un contexto en el que la humanización de la atención sanitaria ocupa cada vez más espacio en el debate público y profesional, este tipo de aproximaciones interdisciplinares pueden resultar útiles para poner palabras a experiencias que muchas personas viven, pero que no siempre saben cómo expresar. Tal vez el principal valor de la propuesta no esté todavía en haber encontrado una respuesta definitiva, sino en haber intentado reunir piezas que hasta ahora permanecían separadas.
Y quizá el hecho de que sea un ingeniero, y no un especialista de las ciencias de la salud, quien haya intentado ensamblar esas piezas constituya también una pequeña llamada de atención. Las disciplinas académicas tienden a construir sus propios lenguajes y fronteras, pero algunas experiencias humanas no respetan esas divisiones. Mirarlas desde fuera puede revelar conexiones que desde dentro resultan más difíciles de percibir. En ese sentido, el ensayo puede entenderse menos como una teoría cerrada que como una invitación a seguir preguntando qué ocurre realmente con nuestra percepción de nosotros mismos cuando, de repente, dejamos de ser personas que acuden a un hospital y pasamos a convertirnos en pacientes.





