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Libro: Res Silentis – el primer contacto que no imaginábamos necesitar

res silentis donde callan las estrellas eduardo garbayo

Cuando la ciencia ficción se atreve a preguntar lo incómodo

Hay libros que entretienen, libros que emocionan y libros que, después de cerrados, se quedan ahí, flotando en algún rincón de la cabeza como esa esfera de tres metros que da título a la ópera prima de Eduardo Garbayo. Res Silentis —donde callan las estrellas— pertenece a la tercera categoría.

Garbayo, ingeniero de formación y divulgador de vocación, construye una novela que se lee con el pulso acelerado de un thriller pero que late con el corazón pausado de la mejor ciencia ficción clásica. La premisa es aparentemente sencilla: un remolcador espacial de la ESA descubre algo en la órbita cementerio —ese vertedero de satélites muertos a 36.000 kilómetros de altura— que no debería estar ahí. Algo que no es nuestro. Algo que, sencillamente, está.

Pero lo interesante no es el descubrimiento. Es lo que viene después.

Más cerca de Clarke que de Hollywood

En un género donde el primer contacto suele resolverse con batallas espaciales o discursos grandilocuentes, Res Silentis toma un camino más valiente y, paradójicamente, más humano: la ciencia. Garbayo nos recuerda que si realmente apareciera algo ahí arriba, los primeros en intervenir no serían los militares con sus misiles, sino los ingenieros con sus ecuaciones, los físicos con sus pizarras y los programadores con sus líneas de código.

La novela bebe directamente de las fuentes de la ciencia ficción dura —Asimov, Clarke, el Sagan divulgador— pero lo hace con una frescura que en ningún momento resulta arqueológica. Hay un amor evidente por el género, sí, pero también una mirada crítica hacia nuestra propia especie: esa mezcla de genialidad y autodestrucción que nos hace capaces de calcular longitudes de Planck mientras seguimos sin ponernos de acuerdo en el tamaño de un tornillo.

Personajes de carne y hueso (y ecuaciones)

Helena, la astrofísica española que lidera la Oficina de Basura Espacial de la ESA, y David, el ingeniero americano atrapado entre la lealtad a su país y la amistad con quien vio primero el milagro, forman el eje emocional de la novela. Pero Garbayo no se conforma con el dúo protagonista: construye una galería de secundarios memorables, desde el General Haise —tan patriota como pragmático— hasta Jack Lowel, el comandante que entiende que, a veces, el silencio no es ausencia de respuesta sino la forma más profunda de escucha.

Mención especial merece el tratamiento de la ciencia. Garbayo explica física orbital, constantes universales y protocolos de aproximación con una claridad que engancha incluso a quienes huyeron de las asignaturas de ciencias. No es ruido técnico para impresionar; es la gramática necesaria para contar una historia donde lo extraordinario se aborda con herramientas reales.

El verdadero viaje es hacia dentro

Si tuviera que destacar un acierto por encima de todos, sería la progresión temática. Lo que empieza como un misterio arqueológico en el espacio se transforma en una exploración de nuestras propias limitaciones como especie. La pregunta no es tanto «¿estamos solos?» como «¿estamos preparados para no estarlo?».

Y la respuesta, sin hacer spoiler, no es cómoda. Garbayo plantea que quizás el mayor obstáculo para el contacto interestelar no sea la distancia ni la tecnología, sino nuestra incapacidad para superar las fronteras que nosotros mismos nos hemos impuesto. La novela funciona como espejo: cuanto más intentamos entender a la esfera, más nos vemos reflejados en ella.

Una voz propia con respeto al canon

Estamos ante una ópera prima, y se nota en algunos momentos —ciertas transiciones podrían ser más ágiles, algún diálogo explicativo resulta innecesario—, pero también se nota que hay un autor que ha esperado diez años para contar esta historia y que ha aprovechado cada uno de esos años para refinarla. La prosa es precisa cuando debe serlo, poética cuando el momento lo requiere, y nunca pierde de vista que está contando una historia, no demostrando cuánto sabe.

Los guiños a los clásicos (el monolito de Kubrick, el «42» de Adams, la sensibilidad de Sagan) están ahí para quien quiera encontrarlos, pero no lastran la experiencia del lector que se acerca por primera vez al género.

En resumen

Res Silentis es mucho más que una novela de primer contacto. Es una reflexión sobre la madurez como especie, sobre el vértigo de crecer y sobre ese instante en que una civilización debe decidir si sigue mirándose el ombligo o levanta la vista hacia lo que la espera.

Garbayo ha escrito una carta de amor a la ciencia ficción que, paradójicamente, habla de lo que ocurre cuando el amor ya no es suficiente y hace falta responsabilidad. La esfera no viene a salvarnos ni a destruirnos. Viene a recordarnos que el universo es un club con normas, y que nosotros todavía estamos en la antesala, discutiendo sobre el color de las cortinas.

¿Para quién es este libro? Para quienes creen que la ciencia puede ser tan emocionante como la ficción. Para quienes se quedaron con ganas de más después de Contact o *2001*. Para los que miran al cielo no buscando respuestas, sino mejores preguntas.

¿Y quién debería leerlo? Cualquiera que sospeche que, cuando por fin llamen a nuestra puerta, lo importante no será lo que digan, sino si hemos aprendido a escuchar.

Lo mejor: El rigor científico, la evolución temática, el tratamiento de los personajes y ese final que no es un final sino un principio.

Res Silentis confirma que la ciencia ficción española tiene mucho que decir. Y lo dice en voz baja, pero clara. Como las estrellas cuando deciden callar.

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